abril 05, 2013

Agua que no has de beber…



Aquellos que trabajamos metal en frío, aprendemos a darle forma a las cosas de la peor manera posible. Moldeamos el metal a base de golpes y sincronía para obtener una pieza armónica con nuestros sentidos (vista y tacto), para luego ir limando las asperezas y dar forma a nuestros objetos. Y así sucede en la vida…

Las personas, tomamos de otros aquellas cosas que necesitamos, somos como el metal en bruto. A veces, relucientes, otras corroídos u oxidados. Sin embargo, cada uno de nosotros cumple una misión específica en la vida de los demás. En algunas ocasiones, se trata más de suerte y casualidad, cuando nos topamos con esa pieza única que nos inspira a iniciar un nuevo proyecto. Un proyecto que puede durar minutos o toda la vida. Se dice que el amor forjado en metal puede cambiar su forma, pero jamás su esencia. Podrá ser frío a veces, pero cuando arda quemará todo a su paso. Y aquí entra en juego el agua, que sirve para eliminar las impurezas, enfriar el metal; y, por qué no, para oxidar el hierro… le da su carácter, y su historia (tiempo). Y sí, creo que el corazón es como el hierro: puedes encontrarlo en cualquier lado, pero lo interesante será su forma y su composición. Habrá personas con un gran corazón, otras con corazones pequeños. Habrá corazones suaves y maleables, otros serán de un acero duro y resistente.

Puedes tomar una pieza de hierro y martillarla (en frío) hasta hacerla arder (habrá un cambio molecular) y si la enfrías de golpe (con agua), su estructura molecular será distinta: el metal se volverá más duro. En este punto, verás una forma rústica de una pieza y es aquí, cuando empieza el verdadero trabajo. La vista y el tacto te guiarán en el camino; invertirás mucho tiempo, sudor  y dolor para llegar a un resultado. Y aquí, al final de la historia, es que comprendes aquello que nunca pasó por tu cabeza: Lo importante nunca fue el resultado, fue la experiencia. Cada experiencia es única y nos va perfeccionando como personas. La vida no tiene un manual escrito, pero siempre nos da las técnicas necesarias para aprender. Un forjador aprende que la paciencia es la virtud más noble: nunca dejas pasar una oportunidad de perseguir tus sueños. Aprendes que cada segundo cuenta; cada minuto son sesenta golpes que moldean el más férreo metal y al final, solo te queda una satisfacción: pones el alma, y tu empeño en lo que sea que hagas... sea de metal o no.

La vida, es un solo momento… Debes dejar lo malo atrás y ver todo el camino que te queda por delante. He sido un forjador toda mi vida y si algo he aprendido, es que cada persona lleva dentro de si un corazón de metal: una obra de arte forjada con el metal del alma, bajo la fragua del tiempo y el silencio; y sobre todo, con el martillo de la esperanza (Dios o "destino").

Agua que no has de beber…deja que alguien más la tome.  (Estamos en sequía... sonrisa)  

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