febrero 02, 2016

Una cuestión de... humanidad



Cada año, escribo una docena de posts sobre amor y amistad. Es como una tradición en la que trato de hacerle entender a las personas que los hombres (hombres-hombres… risa) también podemos escribir sobre estos temas). Lo cierto es, que las mujeres nos ponen a escribir disparates y cosas raras, aunque en el fondo sabemos que por ellas (ustedes) hacemos cualquier cosa.

Sin embargo, comienzo este 2016 de forma distinta y reflexiva. Si se fijan, cada año sigo un patrón y temas teóricos casi individuales. Pero, este año quiero comenzar por algunas cosas que nos afectan como especie, más que como individuos. Imagine el amortiguador de un vehículo (vienen en pares): cuando le toque cambiarlos sabrá que incluso dos cosas iguales no se desarman de la misma forma si están en dos lugares distintos. Eso, sucede con nosotros las personas: tenemos los mismos sentimientos, los mismos músculos, los mismos huesos (bueno, casi); pero, es casi imposible encontrar dos personas iguales que reaccionen de la misma forma ante un mismo evento. Yo, no se mucho de nada; solo se, algo de todo. La vida me ha enseñado a tomar cosas inútiles hasta volverlas a mi favor en las circunstancias menos “ortodoxas” e incompatibles. Así que ¿Por qué no tomar la escritura, y mi forma de escribir para hacer este post?

¿Qué tienen en común una tribu de pescadores kenianos, con los inmigrantes que huyen de las guerras en el Oriente? Unos tres millones de años atrás, un gran lago lleno de peces y exuberante vegetación dio origen a la evolución de nuestra especie. Comer carne nos permitió aumentar la masa cerebral y sin esos nutrientes: estaríamos rompiendo semillas con rocas como algunos primates. Los seres humanos, nos adaptamos. Aprendimos a ver el mundo como nuestro hogar, cruzamos fronteras, experimentamos, sufrimos. Cambiamos la jungla verde por la jungla de cemento con todos sus cambios. Y no me refiero a tecnología, me refiero a nosotros, y nuestra capacidad de sorprendernos ante la vida. Hoy en día, cualquier pescador del planeta sabe que hay menos peces, que son más pequeños y que las aguas están contaminadas o más alcalinas (afectando la flora y fauna). Todo es cuestión de tiempo para que todo un proceso evolutivo quede en el recuerdo, y apuntemos hacia un nuevo cambio. 

Nos movemos, nada en esta vida es estático… salvo un bulldog, aunque se mueven por comida. En fin, ese cambio en el entorno, es lo que nos lleva a desplazarnos. Así llegamos al tema de la inmigración en Europa. Y no piense que voy a referirme a los niños ahogados, al incendio de asentamientos o al problema económico… Un pescador keniano, toma el tronco de un árbol, de un ancho un poco mayor al de sus pies juntos y hace de éste un bote. Ya, no pesca la misma cantidad de peces, por lo que ha tenido que ingeniárselas con algo más “grande”: cocodrilos. Imagine salir de su casa a buscar alimento en la noche, con una lanza de madera que tiene un pequeño arpón en la punta y una arcaica soga. Recuerde el tronco sobre el que va de pie y que su presa lo triplica en tamaño. Ahora imagine usted su propia ciudad, su casa, su calle… imagine sus vivencias durante su corta o larga vida. Ahora, vuelva a imaginar esos lugares luego de ser atacados con artillería pesada: calibre 50, tanques de guerra, misiles… imagine que la mitad de todos los que usted conoce murió (innecesariamente). Imagine que quieren obligarlo/a a luchar, a esconderse, a sobrevivir en un lugar incierto...

Ni el pescador de cocodrilos keniano, ni el inmigrante: saben si sobrevivirán otra noche. Ese es su punto de convergencia: la incertidumbre. Si bien uno busca el peligro (por necesidad), el otro trata de alejarse de el, por instinto de supervivencia. Esa es su opción: sobrevivir, alejándose del peligro. Y a esto, me refiero con el término “humanidad”: puedes ser el hombre o mujer más bravo, valiente y capacitado del planeta; pero, desde que tienes a tus hijos/hijas, padres/madres, (la esposa, es compañera de batalla en cuestiones de supervivencia de la familia) en medio del peligro: las reglas del juego cambian. Nuestro instinto de pelear se ve reemplazado por hacer que los nuestros estén seguros; y es ese punto, en el que también confluyen el pescador y el inmigrante: ambos, arriesgan sus vidas por llevar la mejoría a sus seres queridos. Y eso, en una simple palabra es: amor.

Así comienzo estos posts de febrero, esperando que por encima de la guerra, de la incertidumbre y de la falta de esperanza: cultivemos el amor y la amistad en un granito de arena. Lo suficientemente pequeño para estar con nosotros; y, lo suficientemente grande para unirse, y crear algo tan duro como el concreto.

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