marzo 31, 2009

Aquel Último Café.


No, no se trata de “Sueños Rotos”, ni de la “Quinta Estación” (Hola Natalia); se trata de los pequeños momentos que compartimos con alguien, digamos: “especial”. Momentos, en los que llegamos a pensar que debemos aprender todo de nuevo. Este post debe ser el último de la serie, así que trataré de sintetizar las ideas y sacarle alguna utilidad. La vida es un don, a veces lo olvidamos, así que haré una historia…

Un hombre y una mujer se sientan a hablar sobre la vida en una tarde cualquiera. Quizás cinco o seis minutos que durarán una eternidad, ¿quién sabe? El brindis, una taza de café, al gusto. El destino los ha unido por capricho y la vida les ha dado un camino a seguir. Él le brinda una sonrisa, y ella tras una risa burlona esconde la ansiedad de saber qué sucederá. Así nace el amor en una tarde cualquiera, tan sencillo como una mirada, y tan complejo como un sentimiento. Solo se necesita un momento para cambiar toda una vida, pues para sentir: no hay reglas.

No puedo creer que estemos aquí”, dice ella. Y él le contesta: “la vida lo ha querido así”. Ambos se habían conocido años atrás en circunstancias, digamos “confusas”; y al parecer, habían sucedido situaciones de las cuales no se había escrito. “Te traje lo que me pediste”, le dice él a ella. Era un pequeño relicario de plata con forma de corazón. Dentro de éste, habían dos fotos desteñidas por el tiempo de dos (tontos) jovencitos… eran ellos.

Hace más de veinte años que no veía esas fotos”, le dijo ella. Él había buscado ese relicario durante más de veinte años y al fin lo había encontrado. Con una sonrisa y brillo en los ojos, él le dijo: “Cuando me casé contigo, aparte de amarte y respetarte durante toda mi vida, juré buscarte ese pequeño relicario; no por su valor, sino por el significado que tiene para nosotros”. Aquel relicario se había perdido en las arenas del tiempo, pues había sido “robado”. Pero no había sido olvidado, pues fue la primera prueba de amor que él le obsequió a ella mucho tiempo atrás.

Aquella tarde pasaron el momento juntos, solo ellos dos, pues sus hijos estaban en casa de sus abuelos. Ese día, con su mujer en sus brazos, él se dio cuenta que las promesas pesan más en la vida que los propios recuerdos. Aquellos que aman pueden darlo todo sin perder nada; pero solo aquellos que aprenden a dominar sus sentimientos, llegan a comprender la simple complejidad del amor.

P.D. Por cierto, la tasa de café solo era una excusa para pasar el momento juntos. Con este post terminaron los post del mes del amor (febrero) y ya retomo mi rotación habitual (ciencia y tecnología)... dentro de las medidas de las posibilidades.

marzo 11, 2009

Un Corazón Perfecto

“Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de todo el lugar. Una gran multitud se congregó a su alrededor, y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en el ni máculas ni rasguños. Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto. Al verse admirado el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor aseguró poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.

De pronto un anciano se acercó y dijo: ¿Porqué dices eso, si tu corazón no es ni tan, aproximadamente, hermoso como el mío? Sorprendidos la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y éstos habían sido reemplazados por otros que no encastraban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares en su alrededor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos muy profundos. La mirada de la gente se sobrecogió… ¿como puede él decir que su corazón es más hermoso?, pensaron…

El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a reír. Debes estar bromeando, dijo. Compara tu corazón con el mío... El mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor. Es cierto, dijo el anciano, tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan el amor que hemos compartido.

Hubo oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos… dar amor es arriesgar; pero, a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando, y alimentan la esperanza, que algún día tal vez regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón. ¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso? El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven. La pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se notaban los bordes. El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior. Sí, en verdad ahora, puedo ver lo hermoso que es tu corazón, dijo el anciano”. Khalil Gibran

Hoy comparto con ustedes este cuento corto. Los que nos hace diferentes a cada uno de nosotros, son nuestras propias cicatrices.