junio 20, 2011

Un cuestión de "rueditas"

Ya tenía mi domingo planeado cuando mi sobrinita más pequeña (8 años) se apareció en casa con su bicicleta de princesa (algo maltratada por el uso… y con rueditas). Al parecer mi cuñado se había ofrecido a llevarla a dar una vuelta en el Parque Mirador, pero como que se le había complicado el día, y la “chiquita” y su hermano terminaron en casa, con mi otro sobrino. Yo estaba “reciclando” un viejo compresor de aire (para sacarle las piezas que servían), por lo que estaba en el patio, hasta que necesité unas pinzas de corte y me topé con la bicicleta en el medio de la sala. Mis sobrinos estaban jugando Xbox en una habitación, y le pregunté a mi sobrinita, que estaba viendo televisión: ¿aún montas con rueditas? Y ella, con su carita asintió, y me dijo que sin ellas se caería.

Nunca he sido de los que piden permiso para hacer algo; si quiero hacerlo, lo hago y en el camino resuelvo los detalles. Al acercarme a la bicicleta “rosadita”, noté que era un desastre casi completo: manubrio torcido, frenos en pésimo estado, el sillín inclinado, y hasta las rueditas estaban bastante torcidas. Sin embargo, la “cacharrita” tenía buen potencial de restauración... un poco de pintura negra, un par de calaveras cruzadas con cuchillos en “X”… y mi hermana me hubiera matado (jajaja).

Yo no le pregunté a mi sobrina si quería aprender a montar sin “rueditas” (es muy miedosa, cuando le conviene). Le dije que le “afinaría” su máquina extrema, a tal punto que podría vencer a su hermano en una carrera. Solo eso fue suficiente para animarla. Tomé un par de llaves ajustables y desarmé la maltratada máquina hasta sus cimientos (hasta los ejes estaban flojos). Revisión de cadenas, cajas de bolas, tornillos, manillar, los cangrejos de los frenos, etc., hasta que llegué a las rueditas. Vasta decir que casi se me paralizó la circulación de las manos al intentar quitar las tuercas dobles que sostenían aquellos pequeños artilugios laterales (que hoy son mi recompensa).

Bueno, luego de unos minutos luchando, al fin el pobre tío de la niña había vencido. Pude quitar las condenadas rueditas, cuyas bases ya estaban dobladas por los golpes. Hice una última revisión general: todo ajustado a la debida tensión, todo debidamente alineado y me faltaba ajustar la posición/altura del sillín. Lo subí unas tres pulgadas y lo ajusté horizontalmente en base a la altura. Y ya solo me faltaba una vuelta de prueba, por lo que le dije a mi sobrinita: “vengo ahora, voy a dar una vuelta en tu bici para probarla” y ella me dijo: “Ay no, me la vas a explotar”, respuesta que yo sabía que iba a decir, por lo que le dije: “entonces pruébala tu”. Y ella entonces me dijo: ¿y las rueditas? A lo que respondí: están muy dañadas, las montamos luego.

Tomé la bicicleta y a mi muchachita y me fui al frente de la casa. Sobre la grama, le dije móntate, y ella me preguntó si se caería, a lo cual le contesté que no, y que si caía, caería en grama. Solo bastó decirle que pedaleara como si un perro estuviera detrás de ella… y simplemente la solté. Ella siguió pedaleando, al doblar bajó un pie, y siguió pedaleando. Sobra decir que la niña estaba gozando el momento y que no se callaba ni un segundo de la alegría… y yo solo repetía: ¡pedalea! ¡pedalea!. Luego de eso, su papá llegó en la tarde, y luego de verla en acción, tuvo que darle una vuelta a la manzana para que ella quemara un poco de su energía; y debo decir que parecía una ametralladora de palabras contándole a su mamá de su “aventura”... sin rueditas. Ya cuando se iba en la noche le pregunté: ¿te pongo las rueditas? a lo que ella me respondió: NO. Hoy tuvo que haber amanecido en su casa montando bicicleta en el parqueo (ya está de vacaciones del Colegio). Ahorita, sabré si aún está en una sola pieza... aunque tiene toda una armadura de protectores plásticos, cosa que no tenía ayer.

Y la cuestión es simple: a veces, en la vida, debes aprender a excluirte de la ecuación, y a conformarte con ser parte de un resultado.

junio 09, 2011

El Valor de Un Centavo.


He coleccionado monedas toda mi vida, tengo miles de todo el mundo y de diferentes épocas; y lo cierto, es que a quienes nos interesa la numismática: valoramos el más mínimo centavo (y no es que seamos tacaños; bueno, quizás, un poco “duros”). Pero, parece mentira que nuestras sociedades cada día más dejamos a un lado las monedas de “poco valor” por ser pesadas, sucias y “obsoletas”, cuando la verdad es que son una parte fundamental de nuestra historia y de nuestra identidad como sociedad.

Hace instantes leía una noticia respecto a que en Estados Unidos la policía había detenido a un hombre porque había ido a pagar una cuenta de unos cientos de dólares en un hospital con centavos de dólar... y parece que la persona que recibió el pago: a) no sabía “contar”; b) tenía problemas psico-pasionales de tendencia humanista; c) estaba aburrido o aburrida; o, d) tenía otros problemas. En fin, el asunto es que la persona llamó a la policía y se llevaron detenido al hombre que fue a pagar por “alteración del orden público”. Parece absurdo, pero en realidad pasó, y es algo a lo que no le encuentro lógica, pues los centavos, aunque en desuso en muchas de nuestras sociedades son monedas de curso legal, y hasta donde tenía entendido, en EEUU, los centavos: aún valían!!!.

He usado monedas como destornillador, como cuchilla, las he cortado para ver su interior, las he usado con tirapiedras y para tiro al blanco; y de niño, recuerdo que las “machacaba” (aplastaba), para luego pulirlas y ver el brillo del metal (hace muuuuucho de eso, pero era magnífico); y, las convertía en “fu-fu” (juego oscilatorio, -de procedencia China, creo- en el que se le hacen 2 orificios a una moneda -o tapita de refresco- “machacada” y se le pasan 2 hilos anudados. El resultado es un juego (herramienta de corte bien afilada) que sirve para empezar “batallas” con otros contrincantes -la idea es cortar el hilo del oponente-. Pero, en fin, yo tengo monedas de pocos centavos que tienen dos siglos, y otras tan recientes como las actuales, y para mí, cada moneda tiene su propio valor sentimental, pecuniario, artístico e histórico independientemente de su valor metálico. Sin embargo, se que hay industrias que se han dedicado a través de los años a comprar centavos viejos (y monedas, en general) para fundirlos por su metal y hacer joyas o lingotes y “reciclarlos”, enterrando en cada crisol un pedazo de nuestra historia.

Y en días como hoy me pregunto ¿cómo las personas no se dan cuenta del valor de un solo centavo?