25 jul 2011

Palabras o frases que un hombre utiliza con una mujer.


Había publicado las frases “peligrosas” que una mujer usa con un hombre (y que debemos interpretar). Así que debo publicar la versión masculina del asunto. Por cierto, no se lo tomen como algo personal, cualquier parecido con la realidad... debe ser porque es CIERTO. (jajajaja)

Palabras o frases “peligrosas” que un hombre utiliza con una mujer.

1) “Mi amor”. Por más atento y cariñoso que sea el hombre, significa que “metió la pata” en algo, y está esperando el momento apropiado para decírselo a usted;

2) “Voy ahora”. En el hombre, el principio de la relatividad del tiempo aplica similar a como ocurre con la mujer. Si está con los amigos, o compartiendo algún trago social (y no la ha llevado a usted): no se siente a esperarlo;

3) “Tu eres lo más grande de este mundo”. Por más hermosa, dulce o cariñosa que usted sea: asústese, porque la metía de pata fue doble, o quizás, triple;

4) “Necesito mi tiempo”. Por lo general equivaldría a: “quítate delante de la televisión, porque me estás tapando el juego”; o, “yo también tengo derecho a usar el baño por la mañana”;

5) “Tu eres la que manda en esta casa”. Significa que a él no le importa el tema por el cual usted está discutiendo; o, sabe de antemano que lo que usted quiere hacer no va a funcionar;

6) “Yo no fui”. La mayoría de las veces esta frase significa: “no me acuerdo de haberlo hecho”. Pero igual, para usted es culpable hasta probar lo contrario;

7) ¿Te puedo ayudar en la cocina? No es que a usted las “pastas” no le queden bien, es que existen otros alimentos más allá de los “enlatados”;

8) “Yo cargo todas las compras”. O sea, que usted es la encargada de organizarlas en la cocina;

9) “Te entiendo perfectamente”. Si un hombre le dice esto, significa: “Respira; y, habla más despacio… porque no te entendí nada”;

10) “Recuerdo el día en que nos conocimos”. Mire bien su rostro... En algunos momentos significa: “en qué diablos estaba pensando yo cuando me fijé en esta loca”; Por otro lado, esta frase también indica un profundo trauma (el hombre casi nunca recuerda esas cosas);

11) “Siempre tienes la razón”. Si un hombre le dice eso a una mujer dentro del curso de una conversación, es algo así como: “Al fin pegaste una”;

12) “Tu regalo de aniversario aún no llegó”; o, “aún no lo he buscado”. Es mentira, usted, Dios y yo lo sabemos. El hombre no está hecho para recordar tantas fechas (con los cumpleaños, basta), su cerebro es complejamente simple. Pero no se preocupe, para ese día, cómprese el regalo de aniversario que usted quiera; ya que, después de la “metida de pata”, él se lo pagará con gusto... para poder salir de tremendo lío;

13) “Mi gordita bella”; o, “Mi flaca bella”. Mire, mujer, no sea acomplejá. No es porque usted coma como un obrero de construcción (en cantidades industriales), o como un guardia (rápido y sin respirar); o, que parezca anoréxica. Fíjese siempre en como termina la frase: bellaaaaaa, acompañada de una enorme sonrisa; y, dicha desde el fondo del corazón... Mujer, le apuesto que usted todavía está pensando en lo de gordita o flaca... hay cosas que un hombre jamás debe decirle a una mujer. Estas cosas son perjudiciales para la salud... del hombre. 

Por cierto, más allá de las metidas de pata, de la culpa, el enojo o el remordimiento que usted sienta por dentro, como hombre: regálele cada día a su mujer una sonrisa. Así, ella tendrá menos motivos por los cuales pelearle las 24 horas de los 365 días del año del resto de su vida. (Nota: dentro del calor de la discusión, mientras usted menos hable, mejor).   

6 jul 2011

Hasta la orilla.


Debo confesarte que en este océano que es la vida, navego errante a merced de las corrientes del destino. Y debo decirte que tras este mar de vastas experiencias, los hay quienes se pierden en el triángulo del olvido.

Las tormentas del silencio pueden llegar a hundir tus sueños. Y sin nada a qué aferrarte, flotas como náufrago, sin ningún rumbo o sentido. Pero, en el lugar más oscuro y solitario de la más fría y desolada noche, siempre habrá algo que llevarás contigo.

Pueda ser que no comprendas, en el momento, de lo que se trata. Quizás solo veas los vestigios de una vida pasada, o sientas aquello que aún nos mantiene vivos. Lo cierto es, que todos navegamos sin rumbo fijo, buscando en mil lugares... aquello que jamás perdimos.

Quizás te preguntes el por qué de mi viaje, o el por qué no puedo seguir ya contigo. Yo pertenezco a un lugar más allá de las olas, en donde ya no existen el tiempo, ni los caminos. Y por más que te aferres para sobrevivir, debes saber que esta historia termina al llegar a la orilla; cuando estés a salvo, y puedas encontrar un camino.

No debes preocuparte por mí ahora, el tiempo y el mar borrarán todas mis huellas. Y al bajar la marea, debes comprender que aunque que te serví de guía y de sustento, debo volver a ese mar, a navegar tras mi propia estrella.

Toda vida necesita algo de lluvia, y toda historia necesita de un testigo. Debes entender que esto no fue una aventura; fue más bien, un salvamento de aquellas cosas que jamás perdimos. Al llegar a la orilla, nuestra historia habrá terminado. Pero, tu oportunidad de vivir… habrá comenzado.

Y si alguna vez volvieras, y recordaras a aquel tronco a la deriva que te cruzó el destino. Regala una sonrisa al viento, en su nombre; pues su recuerdo, siempre estará contigo.

20 jun 2011

Un cuestión de "rueditas"

Ya tenía mi domingo planeado cuando mi sobrinita más pequeña (8 años) se apareció en casa con su bicicleta de princesa (algo maltratada por el uso… y con rueditas). Al parecer mi cuñado se había ofrecido a llevarla a dar una vuelta en el Parque Mirador, pero como que se le había complicado el día, y la “chiquita” y su hermano terminaron en casa, con mi otro sobrino. Yo estaba “reciclando” un viejo compresor de aire (para sacarle las piezas que servían), por lo que estaba en el patio, hasta que necesité unas pinzas de corte y me topé con la bicicleta en el medio de la sala. Mis sobrinos estaban jugando Xbox en una habitación, y le pregunté a mi sobrinita, que estaba viendo televisión: ¿aún montas con rueditas? Y ella, con su carita asintió, y me dijo que sin ellas se caería.

Nunca he sido de los que piden permiso para hacer algo; si quiero hacerlo, lo hago y en el camino resuelvo los detalles. Al acercarme a la bicicleta “rosadita”, noté que era un desastre casi completo: manubrio torcido, frenos en pésimo estado, el sillín inclinado, y hasta las rueditas estaban bastante torcidas. Sin embargo, la “cacharrita” tenía buen potencial de restauración... un poco de pintura negra, un par de calaveras cruzadas con cuchillos en “X”… y mi hermana me hubiera matado (jajaja).

Yo no le pregunté a mi sobrina si quería aprender a montar sin “rueditas” (es muy miedosa, cuando le conviene). Le dije que le “afinaría” su máquina extrema, a tal punto que podría vencer a su hermano en una carrera. Solo eso fue suficiente para animarla. Tomé un par de llaves ajustables y desarmé la maltratada máquina hasta sus cimientos (hasta los ejes estaban flojos). Revisión de cadenas, cajas de bolas, tornillos, manillar, los cangrejos de los frenos, etc., hasta que llegué a las rueditas. Vasta decir que casi se me paralizó la circulación de las manos al intentar quitar las tuercas dobles que sostenían aquellos pequeños artilugios laterales (que hoy son mi recompensa).

Bueno, luego de unos minutos luchando, al fin el pobre tío de la niña había vencido. Pude quitar las condenadas rueditas, cuyas bases ya estaban dobladas por los golpes. Hice una última revisión general: todo ajustado a la debida tensión, todo debidamente alineado y me faltaba ajustar la posición/altura del sillín. Lo subí unas tres pulgadas y lo ajusté horizontalmente en base a la altura. Y ya solo me faltaba una vuelta de prueba, por lo que le dije a mi sobrinita: “vengo ahora, voy a dar una vuelta en tu bici para probarla” y ella me dijo: “Ay no, me la vas a explotar”, respuesta que yo sabía que iba a decir, por lo que le dije: “entonces pruébala tu”. Y ella entonces me dijo: ¿y las rueditas? A lo que respondí: están muy dañadas, las montamos luego.

Tomé la bicicleta y a mi muchachita y me fui al frente de la casa. Sobre la grama, le dije móntate, y ella me preguntó si se caería, a lo cual le contesté que no, y que si caía, caería en grama. Solo bastó decirle que pedaleara como si un perro estuviera detrás de ella… y simplemente la solté. Ella siguió pedaleando, al doblar bajó un pie, y siguió pedaleando. Sobra decir que la niña estaba gozando el momento y que no se callaba ni un segundo de la alegría… y yo solo repetía: ¡pedalea! ¡pedalea!. Luego de eso, su papá llegó en la tarde, y luego de verla en acción, tuvo que darle una vuelta a la manzana para que ella quemara un poco de su energía; y debo decir que parecía una ametralladora de palabras contándole a su mamá de su “aventura”... sin rueditas. Ya cuando se iba en la noche le pregunté: ¿te pongo las rueditas? a lo que ella me respondió: NO. Hoy tuvo que haber amanecido en su casa montando bicicleta en el parqueo (ya está de vacaciones del Colegio). Ahorita, sabré si aún está en una sola pieza... aunque tiene toda una armadura de protectores plásticos, cosa que no tenía ayer.

Y la cuestión es simple: a veces, en la vida, debes aprender a excluirte de la ecuación, y a conformarte con ser parte de un resultado.