febrero 22, 2018

Una cuestión de... violencia.


Hay quienes sostuvieron una vez que: “lo más cercano al amor, es el odio”. Nuestro mayor problema actual es, que en algún punto, alguien retorció la frase y cambió odio por violencia. A mi entender, el problema fue semántico: cambiaron “rechazar” o “repudiar” por el concepto odio, que nada tiene que ver.

Me explico, siempre decimos que “polos opuestos se atraen” (física, magnetismo). Por analogía, polos iguales se rechazan (se alejan). Dicho de modo descriptivo, en un grupo, cuando alguien le cae “mal”: le aseguro, que será la persona que más se asemeja a usted (es el principio de individualidad y conservación humana) Ahora bien, qué tienen que ver el amor y la violencia: casi nada, salvo las películas y la ficción. Sí, ambos son sentimientos naturales; pero, al igual que los imanes: se rechazan entre si. ¿Por qué?

Porque la pasión de la violencia, es un “desbalance químico”, tratable en psiquiatría; mientras, que la pasión del amor es, un mero efecto psicológico: y no tratable. En fin, el punto aquí, es que algún tonto decidió que la violencia era buen marketing y algunos otros tontos, al ver las ganancias, le siguieron el ritmo. Súmele la estupidez e inmadurez de cientos de millones de jóvenes criados bajo el lema de que “Si lo dicen  o lo veo en Internet: es real”, y tendrá, el principal elemento de por qué vivimos una injustificada violencia “social” en las parejas.

Educamos a nuestros jóvenes bajo la premisa de que los sentimientos se pueden comprar (dinero para ropa, carro, viajes, etc.). A los varones, los incitamos a conseguir riqueza para “mantener una familia” y/o “aparentar” tener éxito frente a la sociedad; y, a las hembras, que un hombre con dinero, les dará plena “felicidad”. Sume a esa ignorancia, el estrés social (hijos no planificados; inestabilidad laboral y académica; “malos” consejos, insatisfacciones, etc.). Sume a todo eso: inmadurez psicológica, violencia de los medios (multiplicador) y una cultura de posesión (pertenencia de la pareja; o sea, el “mi” (mujer u hombre), y no, un vinculo de relación progresivo: desarrollo de ambos a través del tiempo (noviazgo, tiempo de conocerse; resultando en matrimonio… o, concubinato). 

Socialmente, vivimos en una era “instantánea” (todo rápido y ahora); sin embargo, los sentimientos humanos han evolucionado por siglos: ese choque entre la realidad de la vida y la ficción social (de que serás feliz todo el tiempo y conseguirás todo lo que quieras), a mi humilde entender, es el principal detonante de la violencia que vivimos. Quizás, de alguna forma retorcida, creen que destruyendo todo, pueden comenzar desde cero.

La vida, es nuestra mayor riqueza; y los conflictos, son solo situaciones momentáneas. Nuestro mayor problema actual, es que hemos “satanizado” los conflictos de pareja a tal punto, que las personas evitan la intervención de un tercero hasta que el asunto llega al punto de violencia. Lo cierto, es que no tenemos las herramientas sociales para hacer que un hombre y una mujer se sienten y conversen sobre sus diferencias que no sea frente a un fiscal o frente a un juez. Y eso, está mal. Hay que incentivar la comunicación de la pareja, la intervención familiar; la terapia; y, si las diferencias se mantienen: una separación amistosa. Bueno, esto último es casi ficción; pero, el asunto es: JAMAS llegar a nivel de la violencia extrema o repetitiva. Un pellizco, un pescozón, una “galleta” y/o una cantidad extensiva de “malas palabras” son, a veces, la mejor terapia. Y eso, no podemos darnos el lujo de satanizarlo, al compararlo con heridas de arma o amenazas de muerte... nuestro verdadero mal social. 

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